Recuerdo haber visto con gran asombro las pequeñas lineas de las que estaba formada la imagen. El distinto grosor, la diección en la que estaban impresas, formaban, como por arte de magia, un castillo. En otra, aparecía el rostro de algún personaje desconocido. Imágenes de tierras lejanas. "¿Cómo los hacen?", pregunté. "Dibujan cada linea con mucho cuidado", fué la respuestade mi hermano, siete años mayor que yo. Él cuidaba de su colección de estampillas como a un tesosoro, y yo admiraba la colección y al hermano.
Años más tarde, entré a trabajar a una editorial, la Editorial Diana. Ahí pude ver cómo se preparaba el material de un libro, como se imprimía y se encuadernaba. Tenían, todavía, una máquina de de typos móviles. Ver trabajar esa pieza de historia es un privilegio, como se va formando, letra por letra, la matriz de una página. Se me permitió recorrer toda la imprenta: platicar con los correctores de estilo, ver la dedicada tarea de quienes revisaban los negativos, las máquinas de impresión y encuadernado, admirar el proceso de hacer un libro.
Poco a poco, con los estudios y el trabajo, el misterio de los timbres postales se fué develando sin perder el encanto. Así fué que monté un taller de serigrafía, donde seguí con la aventura de la imagen impresa. Obra personal, bolos de bautizo, tarjetas de presentación, carteles, piezas que se formaban color por color. Ya no por arte de magia, sino por el maravilloso proceso de la impresión.
Luego me hice de un tórculo, máquina pesada, armada como un rompecabezas de fierro por un maestro grabador: José Faz. Con Salvador Castro de la Rosa empecé a hacer grabado, y con eso seguía en la historia de la impresión. No deja de parecerme trabajo de alquimista. Hacer un grabado en metal es una tarea incierta, donde se va trabajando la placa con el deseo de lograr algo específico, pero sin la seguridad de lograrlo. Barnices, ácidos, puntas afiladas que hieren la placa, pequeñas ruedas con puntas que marcan la superficie. La placa se va grabando para poder depositar la tinta que será impresa en el papel con la presión de dos rodillos de fierro.
El taller paró su producción. Limon gráfica dejaba de funcionar. Pero dicen que quien huele la tinta jamás se aparta de ella. Ahora vuelvo a la impresión, quiero seguir con los procesos misteriosos de la imagen impresa, con la aventura de seguir en la estampa.