jueves, marzo 25, 2010

Gráfica


Recuerdo haber visto con gran asombro las pequeñas lineas de las que estaba formada la imagen. El distinto grosor, la diección en la que estaban impresas, formaban, como por arte de magia, un castillo. En otra, aparecía el rostro de algún personaje desconocido. Imágenes de tierras lejanas. "¿Cómo los hacen?", pregunté. "Dibujan cada linea con mucho cuidado", fué la respuestade mi hermano, siete años mayor que yo. Él cuidaba de su colección de estampillas como a un tesosoro, y yo admiraba la colección y al hermano.
Años más tarde, entré a trabajar a una editorial, la Editorial Diana. Ahí pude ver cómo se preparaba el material de un libro, como se imprimía y se encuadernaba. Tenían, todavía, una máquina de de typos móviles. Ver trabajar esa pieza de historia es un privilegio, como se va formando, letra por letra, la matriz de una página. Se me permitió recorrer toda la imprenta: platicar con los correctores de estilo, ver la dedicada tarea de quienes revisaban los negativos, las máquinas de impresión y encuadernado, admirar el proceso de hacer un libro.
Poco a poco, con los estudios y el trabajo, el misterio de los timbres postales se fué develando sin perder el encanto. Así fué que monté un taller de serigrafía, donde seguí con la aventura de la imagen impresa. Obra personal, bolos de bautizo, tarjetas de presentación, carteles, piezas que se formaban color por color. Ya no por arte de magia, sino por el maravilloso proceso de la impresión.
Luego me hice de un tórculo, máquina pesada, armada como un rompecabezas de fierro por un maestro grabador: José Faz. Con Salvador Castro de la Rosa empecé a hacer grabado, y con eso seguía en la historia de la impresión. No deja de parecerme trabajo de alquimista. Hacer un grabado en metal es una tarea incierta, donde se va trabajando la placa con el deseo de lograr algo específico, pero sin la seguridad de lograrlo. Barnices, ácidos, puntas afiladas que hieren la placa, pequeñas ruedas con puntas que marcan la superficie. La placa se va grabando para poder depositar la tinta que será impresa en el papel con la presión de dos rodillos de fierro.
El taller paró su producción. Limon gráfica dejaba de funcionar. Pero dicen que quien huele la tinta jamás se aparta de ella. Ahora vuelvo a la impresión, quiero seguir con los procesos misteriosos de la imagen impresa, con la aventura de seguir en la estampa.

martes, marzo 02, 2010

2010

Este año va por su tercer mes. Durante este tiempo he pensado mucho sobre mi vida, lo que hago, lo que quiero hacer.
Estoy arrancando con mi tesis para obtener el grado de Maestro, lo que iré haciendo con cierta calma, ya que el plan es presentar el exámen hasta finales del año entrante; así se han dado las cosas. Lo importante es que eso está caminando.
Sigo en el diplomado que empecé a finales del año pasado: Gestión de Proyectos Culturales, en el Centro de las Artes Centenario. El curso ha estado flojo, muy enfocado a las artes escénicas, y con mucha deserción. Decidí terminarlo, es un área en la que muy poco se y que me puede ser de ayuda.
En estos últimos meses me he reencontrado con algunas amistades, quiero fortalecer mi relación con los amigos. Son valiosos para mi.
Vuelvo a la lectura, actividad que, por diferentes motivos, había dejado para concentrarme en libros de la profesión o del estudio. ¡Hay tanto por leer, tantos libros que esperan su turno en el librero! Por ahora estoy con una novela ligera, pero que me tiene entretenido.
Después del frío que pasamos, es bueno volver a caminar con mi perro. Ha crecido y se ha puesto bonito. Si bien extraño la potencia y estampa de los schnauzers gigantes, de todas maneras éste sigue siendo schnauzer. Estandard, pero schnauzer al fin.
Mi trabajo como artista tiene nuevas perspectivas. Poco a poco el panorama cambia. Al terminar la maestría se me ha hecho difícil retomar el arte, pero las cosas marchan, y eso es importante
Así es la vida, sigue mientras uno esté. Y es mejor vivirla que dejarla pasar.