
Temprano en la mañana, cuando está por salir el sol y que ya se ve su luz, salgo a caminar. Se siente el aire fresco en la cara, hay poco ruido y se puede gozar de la calma. Cerca de mi casa quedan algunos terrenos grandes, sin que nadie los cuide. Son ya pocos, pero los que hay permiten ver a la naturaleza que se niega a salir de la ciudad.
En primavera se pueden ver grupos de conejos con sus crías. Por supuesto, no faltan los ratones, y alguna rata. Se escuchan los cantos de las aves, es impresionante la cantidad de ruido que hacen, o que se puede percibir a esta hora. Todo esto me sigue maravillando, pero hay más.
A esta hora, con este espectáculo, la sensibilidad que se tiene es particular. Los pensamientos fluyen, sin prisa, hasta desaparecer. De repente, ya no hay más pensamientos, tan solo ese caminar, sin objetivo determinado. Es como estar conciente de uno mismo, de la respiración. Puedo entonces disfrutar como nunca de lo que veo, de lo que siento, del recorrido que me lleva a ninguna parte en particular.
A veces pienso que debería dibujar a esa hora, y tal vez sería genial. Lo cierto es que me gusta caminar, lo disfruto, lo gozo. Además, lo comparto con mis perros, quienes no me perdonan cuando falto a nuestra cita.
Guillermo.