La comida es algo que, necesariamente, nos acompaña a lo largo de la vida. Hay personas que dicen comer solo para mantener la vida. Hay otros que hacen del alimento una ciencia. Pero tambien los hay que ven en la comida un festejo, una manera de agazajar a otros, de convivir en el placer de la comida y en el placer de la sobremesa.
Mi padre es, según dice él, de los primeros. Aunque yo a veces lo dudo, porque le he visto disfrutar del mole con pollo, del marron glace, o de algunas otras cosas. Es, sin embargo, sumamente medido, lo que debe ser muy sano.
Mi abuelita materna, la muñeca, como algunos le conocían, era una gran aficionada a la comida y a compartirla. Las comidas en su casa eran memorables; hasta la fecha no puedo hacer que mi esposa me perdona el no haberla invitado más veces durante nuestro noviazgo. Solo una vez asistió a tal banquete, para no olvidarlo jamás.
Coleccionaba recetas de cuanto lugar encontraba, sus amigas le proporcionaban otras tantas. Su recetario, unos cudernos que terminaron a punto de desarmarse, están llenos de las cosas más deliciosas que ella probó. Si su escritura - y ortografía - no era buena, no importa, hace honor a quien le pasó la receta, o hace alguna anotación como "TORTA DE HELOTE (Le encanta a mi Marcelita)", para recordar que es del gusto de una de sus nietas, y así poderla agazajar.
Núnca la vi cocinar, pero tenía trabajando en su casa a un cocinero que le preparaba una infinidad de cosas. Las comidas familiares, donde siempre habíamos más de veinte personas todos los domingos, se acrecentaba con los invitados: algúna amistad de mis abuelos; la maestra de primaria de mi madre; la tía postiza; familiares que aparecían de vez en cuando; el amigo de mi abuelo, de Sonora, quien lo acompañara en la revolución; Modesto, el brillante socialista español con su esposa alemana; algún pariente de Canarias que venía a conocer a la familia; algúnos invitados de los nietos o de los tíos. En fin, muchas personas pasaron por esa mesa.
Los platillos eran variados. Primero, una mesa con la botana: tacos verdes, o de chilorio sonorense, ceviche de pescado, panuchos, hostiones al horno, chiles cuaresmeños rellenos de queso, o cualquier antojo o novedad que le apeteciera a mi abuelita. Para la comida, algún platillo sorprendente. Recuerdo un huachinango entero grande, frío, cubierto con una salsa de mostaza, que iva mostrando su esqueleto poco a poco.
Las cenas de Navidad también son de recordarse, con toda la casa adornada, unos pinos llenos de esferas y foquitos, la pedida de posada, todos elegantemente vestidos para la ocasión. Había el tradicional pavo con relleno, y pavo ahumado, romeritos con tortitas de camarón en mole, bacalao a la viscaína, mazapanes y dulces de almendra, unos pastelitos cubiertos con glacé y adornados con una flor de nochebuena, peladillas y colación.
Mi madre heredó el gusto por agazajar a las personas con comida. Ella, en su turno, también adornaba la casa familiar con esmero, cuidando los detalles, escogiendo las viandas para tener una velada cálida y gozosa. Mis hermanas, las seis, también son buenas anfitrionas, ofreciendo en la comida su cariño y amistad.
Confieso que a mi me gusta también celebrar con comida, me agrada juntarme con los amigos para comer. No solo es lo que se degusta, que es parte importante, sino el ambiente agradable, de satisfacción, que permite la plática, el compartir, el pasar el tiempo juntos en una actividad vital que se reviste de arte y tradición. Todos los seres vivos se alimentan, pero nosotros hacemos del alimento algo más que la simple satisfacción de una necesidad. Lo convertimos en ritual, en unión de grupo, en el sofisticado acto de preparar los alimentos para transformarlos y ofrecerlos, compartirlos.
El sábado pasado, por ejemplo, me reuní con unas amigas a comer. Había motivos para hacerlo, unas terminaban sus estudios de maestría, otra cumpliría años, los otros, o tal vez todos, simplemente queríamos celebrar la amistad. Nos reuniríamos en algún restaurante, así que la diversión empezó desde la selección del lugar. Al final nos decidimos por un lugar de comida japonesa, que a todos nos gusta. Pasamos en el lugar unas tres horas, comiendo, platicando, rememorando y riendo. Son estos momentos los que le dan vida y fuerza a un grupo de amigos. Es algo que nos une, nos permite compartir y gozar, informarnos de nuestras vidas y las de otros, hacer de la amistad algo vivo. Todo esto en el acto de alimentarnos.
2 comentarios:
Mi querido Guillermo, pues opino que deberías escribir más y más seguido, que me encantaron tus notas... yo estoy de acuerdo contigo en cuanto a la comida y he tratado de rescatar las recetas de mi casa, que creo son parte importante de la identidad de una familia, te agradezco la invitación y cuenta con que ya tienes una lectora, besos Irma
Guillermo
Me da mucho saberte amante de la vida y una frase que tenias por ahì, "es mejor vivirla que dejarla pasar".
Eso es lo que disfutamos de tu escencia , ese eres Tù .
Nos vemos en la proxima reuniòn con el grupo.
Inmaculada
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